jueves, 4 de julio de 2013

El pueblo echó a Morsi


Para muchos no se trató de un golpe de Estado, sino de la rebelión del pueblo al régimen de los Hermanos Musulmanes que pretendía instalar el presidente depuesto.


Adly Mansur juró esta mañana como presidente interino de Egipto, luego del golpe de Estado que depuso sin contemplaciones a Mohamad Morsi, el mandatario elegido legítimamente hace un año. La crisis económica, la involución autoritaria de Morsi, luego de presentarse como el paladín de la "primavera árabe" que derrocó treinta años de gobierno autoritario de Hosni Mubarak, y el ascenso de sectores islamistas, algunos vinculados al terrorismo, entre ellos los Hermanos Musulmanes, de los que el depuesto presidente fue militante. 

La combinación de estos factores, el rechazo de Morsi a incluir en el gobierno a la oposición, pese a las multitudinarias protestas de la ciudadanía, que incluyó la recolección de 22 millones de firmas por parte del oporsitor partido Tamarod, fueron la mezcla que llevó a la decisión del Ejército a destituirlo designando a Mansur interinamente a la presidencia, en espera de nuevas elecciones.

Mansur confirmó que pronto se celebrarán nuevas elecciones, "el único camino de la justicia", señaló. Quedó suspendida la Constitución de fuerte corte islámico, apoyada por Morsi, y aprobada por un 65 por ciento de los votantes, pero con una participación muy reducidas: apenas el 35 por ciento del padrón electoral.

El rechazo al autoritarismo de Morsi fue generalizado, una inmensa mayoría de los ciudadanos, que han festejado en las calles la deposición del presidente, involucrando a toda la oposición unida, autoridades religiosas y organizaciones civiles, junto al Ejército. "En la cara de la gente ha vuelto a aparecer la típica sonrisa de los egipcios", comentan algunos.

"No se puede definir éste un golpe de Estado, el pueblo entero echó al presidente", comenta un profesional de El Cairo. Durante cuatro días familias enteras, gente de todas las edades, "sin distinciones entre musulmanes y cristianos" salieron a protestar procurando evitar actos violentos.

"La caída del régimen de los Hermanos Musulmanes, después de tan sólo un año, representa el fracaso del Islam político (que quiere reinar con la religión imponiendo la ley islámica – la sharia -) y tendrá repercusiones en los demás países árabes", sostiene Magdi, un padre de familia cairota.

La lectura de estos ciudadanos no se aleja mucho de la realidad. Desde que la “primavera árabe” se expandió por los países árabes, ha habido un avance de los sectores islamistas que pretenden imponer la idea de un califato (el califa es líder religioso y político a la vez). Ha sucedido en Mali, se pretende instalarlo en Siria o en parte de ella, y se ha intentado hacerlo en Egipto. Pero a menudo se trata de imposiciones ideológicas más que religiosas, que prescinden de la cultura y las tradiciones de los diferentes pueblos. Y no todos los musulmanes, menos aún después de la “primavera árabe”, están dispuestos a cambiar el viejo autoritarismo por uno nuevo.

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