jueves, 28 de abril de 2016

Venezuela: la hora de ser razonables


El debate político nunca es fácil, en especial cuando las contraposiciones ideológicas superan la lógica del agonismo entre adversarios políticos para transformarse en lucha entre enemigos. 


En Venezuela hay dos mitades, cada una convencida de que la otra encarna el mal absoluto. A lo que se añaden circunstancias coyunturales que dificultan ulteriormente la posibilidad de encontrar espacios de diálogo en pro del bien común.

Para el chavismo, hay fuerzas que se oponen a la revolución bolivariana y que utilizan todos los medios, leales y desleales, para frenarla. Lo cual, no se aleja demasiado de la realidad. Para la oposición, muy a menudo vinculada con intereses económicos que durante años han explotado los privilegios conseguidos en un contexto de elevada corrupción, la revolución boliviariana oculta una ineficiencia por parte del Estado que está transformando la realidad económica y social del país en una tormenta perfecta. Tampoco esto se aleja demasiado de la realidad.
A la escasez de productos de todo tipo, se ha añadido el fracaso del control de precios que no consigue impedir una inflación a niveles estratosféricos. El FMI, que no suele ser imparcial en sus juicios, habla de un 700% anual. Pero cuando se llega a esos guarismos, no es mucha la diferencia entre un 200, un 300 o un 700%, lo que cambia es la rapidez con la que suben los precios: en quince días, una semana, un día, pocas horas... el problema sigue siendo muy grave. La escasez viene acompañada de un clima de violencia, de por sí angustiante, por la acción de la criminalidad, al que ahora se agregan saqueos en varias regiones del país.
Estos factores se unen a la baja internacional del precio del crudo, en un país desindustrializado que ha hecho de la venta del crudo su principal y casi única actividad y en el que, lo admitía el mismo fallecido presidente Hugo Chávez, no se ha instalado una cultura del trabajo y del desarrollo. Un segundo factor que está influyendo en una situación explosiva, es la intensa sequía que está haciendo estragos en las reservas hídricas del país. La cota del embalse de la principal central hidroeléctrica venezolana, de la que depende el 70% de la producción de energía, ha bajado pavorosamente al punto que la semana laboral de las oficinas públicas ha sido reducida a apenas dos días, mientras que empresas y ciudadanos padecen cortes programados de energía.
En este contexto, el Poder Legislativo, en manos de la oposición, sigue enfrentado al Poder Ejecutivo, con el respaldo de un Poder Judicial controlado por el Gobierno. Parece bastante poco racional el intento obstinado de la oposición de provocar la destitución del presidente Nicolás Maduro. Las responsabilidades del mandatario son muchas, sin embargo los problemas del país a los que el chavismo ha intentado responder no son nuevos, sino todo lo contrario. Las recetas liberales a las que apelan los opositores del chavismo, han provocado pobreza y desigualdad como y más que las fallidas políticas del actual Gobierno, que se han evidenciado como insustentables desde la caída de los ingresos fiscales.

Cualquier posible salida, no podrá sino fundarse en soluciones negociadas para enfrentar ante la emergencia social y económica. La contraposición y la polarización en este momento no puede sino empeorar la situación con el peligro de estallidos sociales difíciles de controlar. Es la hora de ser razonables.

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