jueves, 30 de octubre de 2014

Esperando a Brasil

Dilma Rousseff obtuvo un segundo mandato luego de una dura campaña electoral en la que pocos explicaron cómo afrontarían los problemas del país. Ganó la continuidad de una gestión exitosa en lo social.


Un primer dato que se recaba del resultado electoral del pasado 26 de octubre, en el que la presidenta Dilma Rousseff obtuvo su segundo mandato, es la consagración de la continuidad de una política con fuerte acento en la inclusión social. Una continuidad que no ha flaqueado incluso en los últimos años de estancamiento de la economía brasileña y que ha permitido sacar de la pobreza a 36 millones de ciudadanos. La segunda observación es que se trató de una victoria por un margen estrecho, apenas tres puntos, sobre un caudal de 146 millones de electores.

A nivel macroeconómico el país esgrime avances importantes, una tasa de inflación en torno al 6 por ciento, que preocupa pero que es controlable. En estos años, la deuda pública se ha reducido y hoy representa casi el 36% del PBI, mientras que las reservas se han multiplicado por diez desde la gestión de Lula, alcanzando hoy los 376.000 millones de dólares. Recién el año pasado la balanza comercial registró un déficit, exportaciones e importanciones rondan los 200.000 millones de dólares.
Sin embargo, a lo largo de la durísima campaña electora, en varias oportunidades Dilma apareció superada en los sondeos sobre la segunda vuelta por sus adversario. Recién pocos días antes del balotaje la presidenta volvió a liderar los sondeos, hasta confirmar una ventaja que, dado el caudal brasileño de 146 millones de votantes, debe considerarse muy ajustada. ¿Cómo explicar este fenómeno pese a un capital político tan contundente?
Acaso conviene tener presente la poca tendencia de la mayoría de los ciudadanos a involucrarse en los temas políticos. En junio de 2013, una fecha bisagra para la vida política del país, causó mucho asombro que en el medio de las protestas contra los aumentos del boleto del transporte público, la corrupción y la mala calidad de la salud y la educación, las redes sociales lograran convocar a cien mil manifestantes en Sao Paulo. Hacía varias décadas que no se verificaba una concurrencia tan numerosa en términos relativos, si se considera que en octubre el acto de cierre de la campaña electoral del Frente Amplio en Montevideo, país de algo más de 3 millones de habitantes, reunió a 300 mil personas.

El gobierno quedó bastante golpeado políticamente por una protesta proveniente a menudo desde sectores que recientemente han ingresado a la clase media y que reclaman servicios de mejor calidad y salir de los esquemas de la vieja política al servicio de intereses particulares. Los casos más resonantes de corrupción han involucrado constantemente a figuras del PT, dañando su imagen.
La fiesta que debió ser el mundial de fútbol, fue arruinada por la catastrófica performance del seleccionado verde-amarelo y también por el fracaso del plan de infraestructura que se transformó en gastos estratosféricos, realizados parcialmente y hasta mal, generando protesta social por el desplazamiento de gente asentada en las zonas donde se han realizado parte de las obras.

La meteórica aparición de Marina Silva, supuso un vendaval político que revolvió un escenario que hasta ese momento indicaba una constante ventaja de Dilma sobre Aecio Neves. La ambientalista y co fundadora con Lula del Pt, el partido de Rousseff, asumió la candidatura a la presidencia en lugar del líder socialista Educardo Campos, fallecido en un accidente aéreo. El mensaje de la ambientalista, fuertemente cargado de valores éticos, quedó deslucido ante los ataques permanentes y las chicanas políticas, que abundaron en el primer turno como en el segundo. La presencia de la ambientalista supuso una crítica desde la propia izquierda al pragmatismo del PT, pero también, como explica la analista Eliane Brum, la confrontación entre dos "Brasiles": el que representa Lula, es decir, el de los pobres que migran a las grandes ciudades en busca de ascenso social y el de Marina, expresión de los pobres que quieren seguir viviendo en la selva amazónica, donde se sienten amenazados por una cultura que transforma esta área forestada en commodities, más que una forma de vida que asegura sustento y equilibrio ambiental. Marina no pudo o no supo convencer acerca de su alternativa quedando relegada en un 20 por ciento en la primera vuelta, incluso apareció poco su discurso ambientalista, en una campaña plagada de acusaciones y descalificaciones. El electorado premió acaso dos figuras más asertivas, Aecio Neves y la actual presidenta, sin que éstos afrontaran los nudos del país en medio de un debate cada vez más polarizado: pobres contra ricos, sur contra norte y nordeste. El mensaje conciliador de Dilma la noche de su elección y también el de su adversario reflejan precisamente la necesidad de bajar el insólito nivel de confrontación alcanzado.

Queda claro, como señala agudamente Eliane Brum, que se llegó "al día después sin que el futuro haya sido de hecho discutido". La agenda golpea a la puerta con perentoria urgencia: la ciudad de Sao Paulo vive una emergencia ambiental inédita, pues carece de agua. La deforestación, que nunca fue un tema de agenda para Dilma, ha retomado un ritmo sostenido y amenaza la selva Amazónica, área clave por su rol en el equilibrio ambiental del país. Otra tarea clave será la de reformar un sistema electoral que permite una elevada fragmentación, 28 partidos en el Congreso, que en base a sus alianzas pueden lograr una representatividad que no guarda relación con los sufragios recibidos. También un ferviente aliado del gobierno, como el teólogo Leonardo Boff, identifica asignaturas pendientes como la corrupción, la reforma tributaria y agraria, la calidad de salud, transporte y educación.

En el plano regional, Brasil no ha desplegado todavía su rol de líder, soslayando que si eso implica ventajas, también supone desventajas. ¿Cambiará su política exterior? La región guarda a este coloso expectante de sus decisiones.

Dilma prometió ser mejor presidenta que durante los primeros cuatro años. Lograrlo sin cambios profundos y sin incorporar parte del mensaje que la oposición ha dirigido al PT será bastante difícil. Ya no es tiempo de cheques en blanco.

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