lunes, 6 de agosto de 2012

La atómica sobre Hiroshima

El 6 de agosto de 1945, hace 67 años, luego de intensos bombardeos sobre Japón, las fuerzas aereas de los Estados Unidos lanzaron la primera bomba atómica de la historia. Fue llamada "Little boy", muchacho.
Ese episodio instaló la discusión sobre dos problemáticas. Por un lado, la necesidad de definir un criterio ético para procurar el fin de un conflicto. ¿Se justificaban los feroces bombadeos que hicieron estragos entre los civiles de la Alemania nazi y Japón, y en especial el uso de las armas atómicas sobre Hirshima y Nagasaki? Los historiadores están divididos.
El fanatismo de los regímens nazi y japonés hacía temer la prolongación de una guerra ya larga y sangrienta. Aunque estaba claro que la balanza pendía del lado de los aliados desde hacía tiempo, esas masacres muy probablemente podían evitarse y, quizá, valía la pena insistir en negociar un rendición por las vías diplomáticas. A su vez, el poder destructivo de las armas atómicas abrió la  discusión sobre  la bondad de los avances de la ciencia, sobre todo entre aquellos científicos que trabajaron para desentrañar los secretos del átomo.
Las sucesivas catástrofes nucleares, ocasionadas ya en un contexto de uso pacífico de la tecnología nuclear, de Trhee Mile Island (1979), Chernobil (1986) y Fukushima (2011) demostraron cuán difícil es prever y controlar los riesgos de la explotación de este tipo de energía.
Se trata de consecuencias que no se producen sólo en el presente, sino en un futuro muy largo, por lo tanto con efectos sobre las generaciones futuras, pues la contaminación no puede ser detenida y su duración es de 24 mil años... Es decir, por siempre. Además, se trata de efectos que superan ampliamente una determinada región. Cuando ocurrió el episodio de Chernobil, en Ucrania, en el sur del Mediterráneo se tuvieron que sacrificar toneladas de hortalizas por el desplazamiento de la nube radioactiva.
Por lo tanto, se impone una reflexión acerca de la conveniencia de su uso, máxime cuando la irresponsabilidad, como en el caso de Fukushima, permitió construir la central nuclear en una zona de muy alto riesgo. Alemania, luego del episodio, decidió el cierre de sus centrales nucleares. Otros países también renunciarán a desarrollar esta tecnología.
Escribe Tzvetan Todorov, comentando a Ulrich Bech, el conocido sociólogo alemán que habla acerca de la sociedad del riesgo: "Antes el mal procedía de la naturaleza. La voluntad humana, apoyada en la ciencia, era fuente de salvación. Pero hoy sucede lo contrario. Se considera que la ciencia es un riesgo y lo que ofrece esperanzas es la ciencia" (1).
Este riesgo, provocado en muchos ámbiso de los avances científicos y tecnológicos,  aumenta cuando se une o es usado por la codicia y la avaricia, cuando la aspiración humana a vivir mejor es reemplazada, según lo resume Todorov, por la "lógica neoliberal que contempla a la humanidad como una masa indiferenciada de individuos, que quedan reducidos a sus intereses económicos" (2). "La sociedad no existe", repetía la primer ministro británica Margareth Tatcher. 
Volver a conducir a la ciencia y la teconología al pleno servicio de la comunidad humana, significa abonar el terreno de un nuevo humanismo que nos haga redescubrir justamente como personas que en su dimensión relacional forman una comunidad, una sociedad. Es el mejor antódoto para no repetir errores del pasado. Como la tragedia de Hiroshima.

(1) Tzvetan Todorov, Los enemigos íntimos de la democracia, Buenos Aires, 2012, p. 112.
(2) Ibid. p. 114.

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