jueves, 9 de septiembre de 2010

El negocio de la guerra


La conducción de la guerra en Iraq y Afganistán revela los intereses de empresas privadas.
 
La publicación por parte del sitio Wikileaks de 91 mil documentos reservados provocó en julio un nuevo dolor de cabeza a la Casa Blanca, ya que quedaron evidenciados más problemas en la conducción de la guerra en Iraq y Afganistán: se habla de violaciones a los derechos humanos, falta de controles y corrupción.
No es una novedad que la presencia de los Estados Unidos y sus aliados en Iraq y Afganistán responde a motivos que no son precisamente la lucha contra el terrorismo y la instauración de la democracia. Pero es cada vez más difícil ocultar que hay de por medio intereses comerciales y el control de los recursos energéticos. En junio, el presidente de Alemania, Horst Köhler, tuvo que dimitir por confesar públicamente que los soldados alemanes destacados en Afganistán estaban defendiendo esos intereses.

¿Cuánto cuesta la guerra?
El costo de esos conflictos se ha disparado. Según el Pentágono, se gastan en Iraq 12.500 millones de dólares mensuales y 16.000 millones en Afganistán. Los economistas Joseph Stiglitz y Linda J. Bilmes estiman que ese costo alcanzará, en el primer país, los 3 billones de dólares (3 millones de millones). La Segunda Guerra Mundial supuso en cuatro años un costo de 5 billones de dólares en 2007.
Pero no sólo el volumen del gasto genera dudas, sino cómo se está usando ese dinero. Hay 90 investigaciones que intentan aclarar irregularidades en contratos de asesoramiento, provisión de alimentos, armamentos, etcetéra. La Agencia Auditora de la Defensa de los Estados Unidos señala sus dudas sobre facturas por 10.000 millones de dólares. Al tiempo que han desaparecido 8.800 millones de dólares destinados al Fondo de Desarrollo de Iraq, ante los escasos controles por parte de las autoridades de la Coalición.
Las numerosas empresas privadas que acompañan al ejército estadounidense en la región, además de brindar servicios, intervienen en el conflicto y en algún caso dirigieron a los soldados. Lo cual significa una privatización de la guerra como pocas veces hubo en la historia.
Para contar con esas empresas, a menudo la administración Bush recurrió a la contratación directa, utilizando el sistema de “licitación de candidato único”. En otros casos se utilizó la “administración delegada”: a la empresa contratada se le reembolsan todos los gastos, más un beneficio sobre la base del costo. Eso ha alimentado la tendencia a inflar los números para aumentar el margen de beneficio. Entre las empresas más sospechadas figura Halliburton, en su momento dirigida por el ex vicepresidente Dick Cheney. Los contratos que se le han adjudicado sin competidores sumaban 19.300 millones de dólares hasta 2007. Cabe recordar que la firma aportó al partido de Bush más de 1,1 millón y que sus acciones crecieron más del 200% entre 2003 y 2007.
Escapar a los controles no es complicado, ya que los supervisores del Departamento de Defensa disminuyeron el 25% entre 1998 y 2004, mientras las subcontrataciones crecieron el 105%. Por otro lado, el Gobierno no está obligado a dar información sobre contratos que estén por debajo de los 50 millones de dólares. Por eso a menudo se recurre a más subcontratos para no alcanzar ese monto y evitar explicaciones. Esto justifica también la cantidad de empresas contratadas. Según el Consejo Americano Británico de Investigación sobre la Seguridad (BASIC) los datos oficiales hablan de 68 empresas militares privadas contratadas en 2004, aunque otros datos señalan que son más de cien.

Privatización de la guerra
El uso de contratistas privados genera cuestionamientos éticos y legales. El problema, lejos de resolverse, se acentuará a partir del reciente retiro de las unidades estadounidenses de combate, debido a que la tarea de seguridad quedará confiada precisamente a soldados privados.
EL famoso caso de vejaciones a prisioneros iraquíes en la cárcel de Abu Ghraib terminó con la baja de los militares responsables de los apremios, por decisión de la justicia militar a la que estaban sometidos. Poco se dijo que quienes disponían esos apremios eran los civiles de la empresa CACI internacional, “asesora” en materia de seguridad. Por una medida aplicada desde 2004, los contratistas privados gozan de total inmunidad ante la justicia civil y militar norteamericana, motivo por el que ningún civil respondió por los abusos en Abu Ghraib.
En materia de seguridad del personal diplomático, el Departamento de Estado pasó de utilizar 1.000 millones de dólares en 2003, a los 4.000 millones gastados en 2007. El primer administrador provisional de Iraq, Paul Bremen, contrató para eso y por adjudicación directa a Blackwater Security (hoy rebautizada Xé) por 27 millones de dólares. El volumen de negocios de esta empresa que brinda mercenarios pasó de 100 millones de dólares en 2004 a 1.200 millones en 2007.
El costo de un soldado privado varía. Si es estadounidense y muy competente, podrá llegar a los 1.200 dólares diarios. Un contrato atractivo, si se lo compara con los 140-190 dólares que gana por día un sargento del ejército. El precio baja si los mercenarios provienen de otros países. Xé pagó 4.000 dólares por mes a los rumanos y chilenos, bastante menos a hondureños y salvadoreños, hasta llegar a los colombianos, contratados por menos de mil por mes.
No es fácil saber cómo operan estos ejércitos privados. El Washington Institute for Policy Studies descubrió en 2004 que estas empresas no informan acerca de cómo usan fondos y bienes del Estado. Su cantidad es una estimación: en octubre de 2006, frente a 7.200 soldados de Gran Bretaña presentes en Iraq, había 21.000 mercenarios. Se estima que por cada soldado de los Estados Unidos, hay un contratista privado tanto en Iraq como en Afganistán.
Ocultar el sol con la mano no es posible. Hoy queda claro lo que siempre se sospechó: la invasión de estos dos países responde a intereses políticos funcionales a los de corporaciones privadas. 
Artículo publicado en el número 514 de Cn revista, setiembre de 2010.


Acerca de estos temas aconsejamos la lectura de:
Joseph Stiglitz – Linda J. Bilmes,
La guerra de los tres billones de dólares, Madrid, Taurus, 2008;  
Rolf Uesseler, La guerra como negocio, Bogotá, Norma, 2007; 
Jeremy Scahill, Blackwater, Madrid, Paidós, 2007.

La ilustración es de Cecilia Gerpe

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