La
primera reacción es la de solidaridad con las víctimas inocentes de
este ataque violento que pretendió atentar contra una de las
libertades fundamentales de nuestra sociedad. Sin embargo, esto no
puede impedir detectar la necesidad de corregir algunas ambigüedades
de Occidente respecto del fanatismo y la intolerancia.
Mientras
desde Francia sigue el flujo informativo de las noticias vinculadas
al ataque a la sede del semanario satírico Charlie Hebdo, en las
redes sociales y en los medios de comunicación se multiplican las
lecturas, los análisis y los comentarios sobre el atentado. No es
fácil y tampoco es el momento para sacar conclusiones definitivas
acerca de este episodio. La experiencia nos ha enseñado que, a
menudo, los hechos vinculados con el terrorismo ofrecen más lados
oscuros que explicaciones claras.
Sin duda, la primera
reacción es el sentimiento de solidaridad con las víctimas de este
atentado criminal. Gente común, trabajadores que este jueves había
concurrido a su trabajo pensando que por la tarde regresaría a sus
hogares. Que se haya atacado un medio de prensa, símbolo de una de
las libertades fundamentales de Occidente dice que directa o
indirectamente la furia homicida de estos sujetos se ha descargado
sobre una expresión de los valores democráticos. También en este
caso, la condena no puede sino ser firme y sin vacilaciones. El
sistema de libertades sobre los cuales se construyen nuestras
democracia, entre ellas la libertad de expresión, representa
precisamente la mejor respuesta a toda tentación de involución
violenta hacia sociedades autoritarias.
Hechas estas
aclaraciones, hay sin embargo algunos aspectos que conviene recordar.
La facilidad con la cual se vincula el terrorismo con el Islam lleva
a peligrosas e injustas generalizaciones. Hay medios que con
asombrosa incapacidad analítica y populismo de baja calidad hoy
estigmatizan la inmigración árabe en Europa y el Islam
atribuyéndole la paternidad del atentado. Paradojalmente, esta
actitud olvida dos cosas: primero que una gran cantidad de islámicos
han repudiado el hecho violento. En segundo lugar, ignora que una de
las víctimas de los terroristas ha sido el policía rematado sin
piedad, Hamed Merrabet, un hombre de origen árabe, padre de dos
hijos y musulmán. Un funcionario policial que ha dado la vida para
proteger el semanario que ofendía con sus viñetas la religión que
profesaba.
La migración a Europa de islámicos
provenientes de varios países de África y otros continentes, tiene
una historia de décadas que no es posible borrar. La violencia de
los atentadores golpea a todos, también a los inmigrantes que se han
radicado en el Viejo Continente y se han insertado así como en
América latina se han insertado musulmanes y judíos, además de
cristianos. El ataque no es de una religión contra otra, sino que es
de grupos fanatizados contra un sistema de vida civilizado capaz de
integrar la diversidad. La respuesta no es transformarse en una
fortaleza, sino ofreciendo más civilización todavía, más
libertades, más garantías para que avance esta capacidad de mirar a
la diversidad como una riqueza.
Tampoco podemos olvidar
un aspecto importante y es el de la ambigua relación entre Occidente
y el mundo del fanatismo radicalizado. Francia tiene graves
responsabilidades respecto de la desestabilización de Libia y Siria,
al haberse involucrado directa y pesadamente en esos conflictos.
Todavía en 2013, el entonces ministro de relaciones exteriores
francés, Laurent Fabius, sostenía que el grupo Al Nousra estaba
realizando “un buen trabajo” en Siria. En ese entonces, Al Nousra
se identificaba, y no sólo vinculaba, con Al Qaeda. Sucesivamente,
de él migrarán milicianos hacia el Estado Islámico que hoy azota
Iraq y Siria. La presencia de soldados franceses en ese país y en
Libia, previo a los levantamientos que terminaron con el
derrocamiento de Kadhafi fueron señalados en varias ocasiones. Pero
cabe recordar que desde la primera Guerra del Golfo Occidente hasta
los episodios más recientes que acabo de citar, pasando por las
invasiones de Afganistán e Iraq, ha destapado durante casi un cuarto
de siglo la caja de Pandora de enfrentamientos internos a sectores
islámicos, utilizando convenientemente y con desparpajo grupos
terroristas antes o después denunciados como tales. Esta política
desquiciada ha alimentado figuras opacas e intereses todavía menos
transparentes que actúan en la sombra. Mientras se siga en esta
actitud, es difícil que alguien no siga intentando sembrar el
caos.
Finalmente, también es la oportunidad para gastar
una palabra sobre la libertad de expresión. Charlie Hebdo ha
utilizado este pilar de la democracia traspasando el límite entre
sátira y desacralización y la ofensa lisa y llana, con cierta
dualidad de criterio. Echó a un diseñador por haber blandamente
satirizado la conversión religiosa de un hijo del ex presidente
Nicolas Sarkozy por actitud discriminatoria, pero eso no le ha
impedido publicar viñetas que ofenden groseramente a los islámicos
y también a los cristianos. Una cosa es la sátira, otra cosa es ser
blasfemo. Porque en el fondo es otra forma de esa intolerancia que el
semanario pretende combatir.
Occidente tiene el deber de
hacer de sus conquistas un puente de civilización y de paz y no la
escusa para justificar cualquier actitud. La sociedad que se ha
formado en base a esas conquistas es mucho más compleja. Por eso,
para encontrar una convivencia armónica entre sus ciudadanos,
necesita no sólo de las libertades sino también del espíritu
igualitario, que asigna criterios de justicia, y del espíritu de
fraternidad que da límites y contenidos a esos dos valores.