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miércoles, 23 de marzo de 2016

Bruselas el día después

Luego de disiparse el humo de la violencia y del torbellino informativo –no siempre útil para entender las razones de ciertos acontecimientos –, los hechos adquieren su peso más real. Y en primer lugar está el dolor por las familias de los más de 30 muertos y los 250 heridos. 

Vidas interrumpidas abruptamente por la locura asesina, violencia que hiere el corazón de una Europa que, con todos sus límites, sigue siendo el experimento de integración entre países más logrado en el mundo, de proyecto compartido de desarrollo, de democracia al más alto nivel, proyectada hacia el horizonte de un bien común por encima de los intereses de los países en cuanto tales. Los ataques en Francia y ahora en Bruselas, pero también los de Madrid y Londres hace unos años, pretenden instaurar un mundo de barreras económicas y sociales que la democracia europea ha tratado de superar mirando hacia intereses comunitarios. Pretenden acentuar el miedo, la desconfianza hacia la diversidad, pretenden instalar el odio y la guerra entre religiones porque de todo esto se alimenta el terrorismo. No lo hacen desde una creencia religiosa. El mundo mejor que prometen es para pocos, no para todos ni para los que piensan y rezan en modo diferente. 

De hecho, la condena del atentado ha sido amplia a partir de comunidades islámicas presentes en Europa y fuera de ella. La principal institución del Islam sunita, Al Azar, señala que los ataques “violan las enseñanzas tolerantes del Islam” por lo que “condena enérgicamente estos ataques terroristas, estos crímenes atroces”, destacando, además, la necesidad de enfrentar esta “epidemia”. 

Tiene razón Al Azar cuando habla de epidemia. Se vive una epidemia de odio que debe ser atacada en sus focos de origen. La respuesta debe ser en el plano político y de la sociedad civil. Es necesaria firmeza, no sólo en la persecución de los ejecutores materialmente responsables de estos actos criminales, en Europa como en Medio Oriente, África y Asia, sino también llegar a quienes alimentan sus ideas. Y no cabe duda alguna de que es incoherente el nivel de relaciones políticas y comerciales que se le está otorgando a países que fomentan las corrientes de pensamiento salafitas y fundamentalistas de las que se nutren los yihadistas. Estamos hablando de las monarquías del Golfo Pérsico con Arabia Saudita y Qatar a la cabeza, que han dado y dan cobijo y financiación a terroristas. No se puede negociar con estos países (cuyos capitales son incluso auspiciantes de varios clubes de fútbol europeos) soslayando las conexiones ideológicas entre ellos y el terrorismo. 

En este sentido, recurrir a palabras rimbombantes como “estamos en guerra”, como lo han hecho varios ministros europeos, privilegiar la respuesta armada a la investigación inteligente (y aparecen algunas peligrosas omisiones de los investigadores belgas) distrae del verdadero problema que la guerra alimenta. Desde el 11 de setiembre de 2001, además de haber aumentado la cantidad de conflictos, el mundo ha sido herido por una cadena de atentados de las que casi nunca se han podido llegar a sus mandantes. La solución militar sólo desparrama en el mundo más violencia y dolor. Es entonces el momento no sólo de políticas comunes en Europa, sino de un pronunciamiento y una acción común contra el terrorismo. Por mucho menos, otros países han sido excluidos del comercio internacional y de los ámbitos políticos internacionales durante años. No se puede seguir aplicando este doble rasero. Estar con Dios y con el diablo, termina por alimentar esta epidemia de odio.

viernes, 9 de enero de 2015

A la violencia se responde con más democracia


La primera reacción es la de solidaridad con las víctimas inocentes de este ataque violento que pretendió atentar contra una de las libertades fundamentales de nuestra sociedad. Sin embargo, esto no puede impedir detectar la necesidad de corregir algunas ambigüedades de Occidente respecto del fanatismo y la intolerancia.

Mientras desde Francia sigue el flujo informativo de las noticias vinculadas al ataque a la sede del semanario satírico Charlie Hebdo, en las redes sociales y en los medios de comunicación se multiplican las lecturas, los análisis y los comentarios sobre el atentado. No es fácil y tampoco es el momento para sacar conclusiones definitivas acerca de este episodio. La experiencia nos ha enseñado que, a menudo, los hechos vinculados con el terrorismo ofrecen más lados oscuros que explicaciones claras.

Sin duda, la primera reacción es el sentimiento de solidaridad con las víctimas de este atentado criminal. Gente común, trabajadores que este jueves había concurrido a su trabajo pensando que por la tarde regresaría a sus hogares. Que se haya atacado un medio de prensa, símbolo de una de las libertades fundamentales de Occidente dice que directa o indirectamente la furia homicida de estos sujetos se ha descargado sobre una expresión de los valores democráticos. También en este caso, la condena no puede sino ser firme y sin vacilaciones. El sistema de libertades sobre los cuales se construyen nuestras democracia, entre ellas la libertad de expresión, representa precisamente la mejor respuesta a toda tentación de involución violenta hacia sociedades autoritarias.

Hechas estas aclaraciones, hay sin embargo algunos aspectos que conviene recordar. La facilidad con la cual se vincula el terrorismo con el Islam lleva a peligrosas e injustas generalizaciones. Hay medios que con asombrosa incapacidad analítica y populismo de baja calidad hoy estigmatizan la inmigración árabe en Europa y el Islam atribuyéndole la paternidad del atentado. Paradojalmente, esta actitud olvida dos cosas: primero que una gran cantidad de islámicos han repudiado el hecho violento. En segundo lugar, ignora que una de las víctimas de los terroristas ha sido el policía rematado sin piedad, Hamed Merrabet, un hombre de origen árabe, padre de dos hijos y musulmán. Un funcionario policial que ha dado la vida para proteger el semanario que ofendía con sus viñetas la religión que profesaba.

La migración a Europa de islámicos provenientes de varios países de África y otros continentes, tiene una historia de décadas que no es posible borrar. La violencia de los atentadores golpea a todos, también a los inmigrantes que se han radicado en el Viejo Continente y se han insertado así como en América latina se han insertado musulmanes y judíos, además de cristianos. El ataque no es de una religión contra otra, sino que es de grupos fanatizados contra un sistema de vida civilizado capaz de integrar la diversidad. La respuesta no es transformarse en una fortaleza, sino ofreciendo más civilización todavía, más libertades, más garantías para que avance esta capacidad de mirar a la diversidad como una riqueza.

Tampoco podemos olvidar un aspecto importante y es el de la ambigua relación entre Occidente y el mundo del fanatismo radicalizado. Francia tiene graves responsabilidades respecto de la desestabilización de Libia y Siria, al haberse involucrado directa y pesadamente en esos conflictos. Todavía en 2013, el entonces ministro de relaciones exteriores francés, Laurent Fabius, sostenía que el grupo Al Nousra estaba realizando “un buen trabajo” en Siria. En ese entonces, Al Nousra se identificaba, y no sólo vinculaba, con Al Qaeda. Sucesivamente, de él migrarán milicianos hacia el Estado Islámico que hoy azota Iraq y Siria. La presencia de soldados franceses en ese país y en Libia, previo a los levantamientos que terminaron con el derrocamiento de Kadhafi fueron señalados en varias ocasiones. Pero cabe recordar que desde la primera Guerra del Golfo Occidente hasta los episodios más recientes que acabo de citar, pasando por las invasiones de Afganistán e Iraq, ha destapado durante casi un cuarto de siglo la caja de Pandora de enfrentamientos internos a sectores islámicos, utilizando convenientemente y con desparpajo grupos terroristas antes o después denunciados como tales. Esta política desquiciada ha alimentado figuras opacas e intereses todavía menos transparentes que actúan en la sombra. Mientras se siga en esta actitud, es difícil que alguien no siga intentando sembrar el caos.

Finalmente, también es la oportunidad para gastar una palabra sobre la libertad de expresión. Charlie Hebdo ha utilizado este pilar de la democracia traspasando el límite entre sátira y desacralización y la ofensa lisa y llana, con cierta dualidad de criterio. Echó a un diseñador por haber blandamente satirizado la conversión religiosa de un hijo del ex presidente Nicolas Sarkozy por actitud discriminatoria, pero eso no le ha impedido publicar viñetas que ofenden groseramente a los islámicos y también a los cristianos. Una cosa es la sátira, otra cosa es ser blasfemo. Porque en el fondo es otra forma de esa intolerancia que el semanario pretende combatir.

Occidente tiene el deber de hacer de sus conquistas un puente de civilización y de paz y no la escusa para justificar cualquier actitud. La sociedad que se ha formado en base a esas conquistas es mucho más compleja. Por eso, para encontrar una convivencia armónica entre sus ciudadanos, necesita no sólo de las libertades sino también del espíritu igualitario, que asigna criterios de justicia, y del espíritu de fraternidad que da límites y contenidos a esos dos valores.