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lunes, 16 de diciembre de 2013

Contundente triunfo de Bachelet en segunda vuelta

La candidata de centro izquierda obtuvo el 62 por ciento de los votos. Sn embargo, el nivel de abstención fue récord: sobre 13 millones de votante, casi ocho millones, el 59 por ciento se quedó en su casa.

Michelle Bachelet, pediatra de 62 años, ya presidenta entre 2006 y 2010, hija del general Alberto Bachelet, muerto torturado durante el régimen dictatorial de Augusto Pinochet, volverá a asumir el cargo presidencial el próximo mes de marzo de 2014. Ayer gano el balotaje que la oponía a la candidata de la derecha, Evelyn Matthei, cosechando el 62 por ciento de los votos. Su adversaria, apenas pudo rozar el 38 por ciento de las preferencias.

En embargo fue una victoria que si vine fue contundente, queda empañada por un histórico nivel de ausentismo de los electores, que ayer alcanzó el 59 por ciento. En la primera vuelta, en el pasado mes de noviembre, el 51 por ciento de los 13 millones de ciudadanos votantes prefirió quedarse en su casa.

Podrá objetarse que jugó a favor del alto nivel de ausentismo la percepción de que todo ya estaba definido, ya que la candidata de la alianza electoral de centroizquierda, Nueva Mayoría, contaba con una amplia ventaja de 25 puntos conseguida en noviembre. En efecto, desde antes que Bachelet aceptara volver a competir por la presidencia del país, la gran parte de los analistas consideraban que sería la ganadora.

Y esta percepción acompañó el desarrollo de una campaña electoral con perfil bajo, sin muchos entusiasmos, en la que la derecha pareció empeñares a perder. Desde la renuncia, por motivos de salud, del candidato surgido de las elecciones internas, al escaso apoyo con el que contó su abanderada, elegida a tres meses de las primera vuelta.

Sin embargo, los partidos deberán tomar nota de este mensaje indirecto de un electorado distante de las discusiones políticas y desencantado, que entiende que la solución de sus problemas no pasa por los resultados de las elecciones. "En veinte años de gobierno de centroizquierda y en cuatro de la derecha, no he visto cambios. Una vez en el poder, hacen lo mismo", comentaba ayer una docente que justificaba su decisión de no concurrir a votar.

La palabra clave de Chile es la desigualdad. En un país en el que para vivir dignamente se necesitan más de 500 mil pesos mensuales (unos mil dólares) la mitad de los trabajadores del país gana 251.000 pesos. La brecha salarial entre un gerente general de una empresa y el trabajador que menos gana supera las cien veces. La semana laboral sigue siendo de 45 horas, el aguinaldo representa, cuando va bien, apenas el 10 por ciento del sueldo. A nivel sindical no hay contrataciones colectivas, al tiempo que las familias con menos ingresos no tienen seguridad de poder garantizar la cobertura de salud y una mejor educación a todos sus hijos. Viven tratando de pagar sus deudas, con la ulterior desventaja: las mujeres reciben salarios un 30 por ciento más bajos.

El programa electoral de Bachelet contempla tres ejes: reforma constitucional, reforma tributaria para mejorar la redistribución (el 1 por ciento más rico se queda con el 31 por ciento del ingreso), reforma del sistema educativo, la verdadera fabrica de la desigualdad en el país, para llegar progresivamente a la enseñanza gratuita y de calidad.

No hay dudas, el resultado de su segunda gestión del país se medirá en términos de niveles de inclusión.

lunes, 18 de noviembre de 2013

Triunfa Bachelet, pero no es suficiente

La ex presidenta ganó con casi el 47 por ciento de los votos, sobre Evelyn Matthei, quien apenas superó el 25 por ciento. Sin embargo, pese a la abultada diferencia, el sistema electoral determina que habrá segunda vuelta y que no hay cambios sustanciales en el Congreso.

En muchos otros lugares, ganar las elecciones con más de veinte puntos de distancia sobre el adversario más inmediato significaría un triunfo por goleada. No es así en el peculiar sistema electoral chileno, donde la candidata de la derecha, Evelyn Matthei, con apenas el 25 por ciento de los votos, consigue el pasaje para la segunda vuelta, mientras la candidata del centro izquierda, la ex presidenta Michelle Bachelet deberá esperar el 15 de diciembre para consagrares nuevamente como mandataria, aunque haya recogido casi el 47 por ciento de las preferencias.

El sistema electoral chileno se centra en la repartición binominal de los distritos de votantes. Las dos bancas se dividen entre los dos grupos que han totalizado más votos, lo que asegura un Congreso con mayorías ajustadas, ya que para ganar los dos lugares, tanto de senadores como de diputados, es preciso doblar la cantidad de votos del adversario más inmediato y eso acontece en contados casos.

Fue el sistema que, previendo el final del régimen militar, el ex dictador Augusto Pinochet implementó para asegurar una representación parlamentaria a la derecha, que no dependiera del voto proporcional ni del mayoritario.
Si a esto se agrega que para impulsar reformas en áreas sensibles son necesarias mayorías especiales en el Congreso, se entenderá porque el triunfo de Michelle Bachelet tiene sabor a poco, ya que no habrá cambios sustanciales en la composición parlamentaria.

Si bien la última palabra la tienen las urnas, y estas "hablarán" en diciembre, parece difícil que la derecha pueda impedir una nueva victoria de Bachelet. Los análisis se centrarán, a partir de este momento, en las razones por la que no se logró el objetivo de ganar en primera vuelta.

Para eso se necesitaba una mayor participación de los electores, que debería verse favorecida por el estreno del voto voluntario. Sin embargo, votó menos de la mitad de los 13 millones de chilenos habilitados por el padrón electoral, indicando incluso una tendencia a la baja respecto de años anteriores.

El otro factor que podría haber dado más contundencia a la victoria del centroizquierda es el voto de los jóvenes, pues hay 4 millones que nunca han votado pese a tener derecho. Y los resultados parecen indicar que Bachelet no logró seducir al electorado joven.

Puede que la ex presidenta pague el precio de haber medido demasiado el peso estratégico de cada jugada durante una campaña electoral que no suscitó grandes pasiones. Y puede que su prudencia, acaso para no atemorizar el sector más volátil del centro, temeroso ante cambios demasiados radicales, como la propuesta de introducir la gratuidad de la educación en el país, tampoco pudieron convencer a los muchos que miran con escepticismo la política.

Varias veces, en su discurso de campaña, Bachelet se refirió a que los cambios que pretende introducir durante su gestión dependerían de la composición del Congreso, lo cual restó a menudo énfasis al peso de las reformas al modelo económico que suponen su propuesta, que pretenden incidir en el sistema tributario, en el esquema constitucional y el muy sensible sector de la educación.

El tema sigue siendo cómo seducir un sector importante del electorado que desconfía de un sistema político considerado hijo de un modelo económico que transforma a los ciudadanos en usuarios portadores de intereses individuales y no colectivos. Un sistema en el que el mercado ha transformado áreas sensibles como la educación, la salud, las jubilaciones, los bancos, por ejemplo, en un negocio que claramente no favorece al ciudadano. Puede que para seducir a gran parte de esa mitad de electores haga falta proponer un modelo de sociedad antes que un modelo de economía.